28/11/07

tliltic telpochtli (Vater-Natur)


El joven del monte de las espinas negras tenía la piel pintada y los ojos profundos. Se sentaba en cuclillas, en lo más alto, y miraba cómo le vertían veneno a sus aguas, cómo le arrebataban los cabellos de su cabeza, uno a uno, cómo exhalaban el humo en sus pulmones, cómo le comían los dedos y las uñas. Veía cómo mordían su brazos con esos pequeños dientes afilados, veía que se infectaban sus heridas cuando se las escupían y se las pisaban.
Los escuchaba gritar en sus oídos las más pútridas palabras, decían lo que le harían, decían que lo odiaban a él y a toda su gente.
Le llenaban la boca de aguas negras, de azufre, de alquitrán, de hierro. Le perforaban los párpados para que nunca pudiera cerrar los ojos y soñar que nadie había profanado sus tierras, que nadie le había robado su música, que sus dioses no habían sido humillados.
No lloró ni un solo día, observó permisivo, como un abuelo que viera a sus nietos recortar un vestido viejo durante uno de sus juegos. Dejó de observarlo todo cuando subieron hasta su cabeza y quemaron sus ojos con las brazas hirvientes que quedaron en el lugar donde hace unos años había construído su casa. Su piel se volvió toda negra como la pintura que lo cubría, se la cayeron los brazos al suelo y la quijada. Se volvió un hombre triste. Se volvió un hombre hueco. Un tliltic telpochtli.