Mujer entera
¡Qué prejuiciosas esas afirmaciones que se jactan de dividir al mundo entero en dos tipos!… “En este mundo hay dos clases de personas”. Y aunque en realidad no hay dos clases de personas, sino todo tipo de personas diferentes y todo tipo de inclinaciones, comunidades, cercanías, lo cierto es que sí existen (al menos) dos visiones muy opuestas de lo que es el éxito.
Por un lado, tenemos el éxito capitalista: la idea del emprendedor (el entrepreneur, para ser más exactos, porque bien ajusta el anglicismo), del “crecimiento” laboral, del líder estratégico que logró llegar a la meta gracias a su esfuerzo, su ingenio y su perseverancia. Son el típico Steve Jobs, la confiable Michelle Obama. ¡Cuántas veces he escuchado sus nombres como respuesta a la pregunta “¿qué personaje público admiras más, vivo o muerto?”! (y no me preocupa tanto la falta de originalidad como la carga epistemológica que conlleva).
Lo triste de todo ello es dónde se coloca lo admirable: en una superficialidad absurda.
¡Guau! ¡El ídolo capitalista escribió su libro de cómo llegó al éxito!
¡Odas y aplausos para quien empezó como camarero y ahora es gerente del hotel! (esa podría ser nuestra historia… ¿cierto?)
O quien “tuvo una idea” que después se volvió viral “¡y solo necesitó UNA buena idea!” (que, en fin, aquí muy bien podríamos adentrarnos en las apologías del fracaso como camino del éxito, pero no creo que haya necesidad).
¿Pero acaso Steve y Michelle, para alcanzar ese éxito, no debieron correr también la carrera contra otros 8 mil millones de humanos que deseaban (tanto como ellos) llegar a la cima? Son nuestros rivales, todos (aunque con distintos niveles de privilegio, ¡vámonos midiendo!).
No todos caben en la cima, por supuesto.
La cima es solo para el exclusivo grupo de “los exitosos”.
La cima es pequeña: apenas el 1.5% de la población mundial cabe ahí.
Los demás estamos condenados a pelear por un lugar allá arriba.
No nos queda más que leer la biografía de Steve Jobs, la de Michelle Obama, el libro de autoayuda en tendencia (eso sí solemos leer), fijar los ojos en “la meta”, hacer nuestro vision board para decretarnos más flacxs, más ricxs, más populares, más “exitosxs”.
Y frente al espejo repítete todos los días: “Nunca dejes de soñar: todo es posible”. Tal vez tengas que meterle el pie a unx que otrx incautx, jalar una que otra palanca… ¡estrategia!, eso es todo.
Este modelo de “éxito” nos divide en niveles, nos pone a competir entre nosotros. Hay que competir por el primer lugar, por ser el alfa, por la cima, por el título. Pero los seres humanos no vinimos al mundo en competencia, vinimos en tribu. Y la tribu no es posible cuando competimos por un éxito estadísticamente inalcanzable.
El neoliberalismo no es solo una política económica; es, como señala Wendy Brown en Undoing the Demos (2015), una racionalidad que rehace al sujeto como "capital humano" orientado a maximizar su propio rendimiento. Esta reconfiguración subjetiva es profundamente incompatible con las lógicas de reciprocidad y obligación mutua que sostienen la cohesión tribal.
Pierre Bourdieu, en sus ensayos reunidos en Contre-feux (1998), advierte que el neoliberalismo destruye sistemáticamente los "colectivos" (sindicatos, comunidades, familias extendidas, solidaridades locales) al imponer la competencia y la responsabilidad individual como principios organizadores universales. En comunidades tribales esto se traduce en que los jóvenes incorporados al mercado laboral formal comienzan a operar bajo lógicas de acumulación individual que erosionan las obligaciones redistributivas hacia el grupo.
Pero ¡ay de ti si te atreves a decirlo!
Hablarán de tu negatividad, de tu pereza, de tu falta de liderazgo, ¡de tu falta de ambición!
Ambición es lo peor que te puede faltar en el capitalismo. Podrás vivir en la precariedad, sin acceso a la salud, sin educación y sin cultura, pero por Dios, que nunca te falte ambición.
Serías débil. Serías presa. Serías sumisx. ¡Dios no lo quiera!
Y ante todo esto, ¿qué nos queda?
¿Qué tal que el éxito no fuera eso?
¿Qué tal que no hubiera una cima, sino una pradera tan amplia que pudiera contenernos a todxs? Tal vez los ojos no van en la meta sino en el camino.
Tal vez se trata de disfrutar la vida.
Tal vez se trata de trabajar menos y vivir más.
Y no en la tibieza godín del work-life balance, sino en la incendiaria lucha de la muerte al trabajo.
Hablo de pasar la vida haciendo lo que más te gusta, con tu tribu.
Hacer comunidad.
Criar y cuidar en conjunto.
Aprender cosas nuevas.
Construir sin relaciones transaccionales.
Compartir los saberes y los sabores.
Yo quiero ser parte de una cultura que no sacrifique la vida en nombre del “éxito”.
El “éxito”… ¡absurdo!
Recientemente, la “nueva jefa” me dio una calificación muy negativa en mi evaluación anual en mi trabajo, y pocos meses después me despidió con singular crueldad. Su lectura versaba alrededor de que no “tengo lo que se necesita” para el puesto.
Ella necesitaba (cito) una “mujer salvaje”, una “entrepreneur”, una “líder exitosa que tome riesgos” y no dependa de su aprobación. Y, en su opinión, yo soy una mujer sumisa: que ayuda a los demás porque le enseñaron a ser una “niña buena”, que no toma nada para sí misma, que cree que su valía está en cuánto sirve a los demás. Que “se hace pequeña para encajar”.
Absurdo.
El problema es que esta mujer confunde vulnerabilidad con cobardía, “no pisar al otro” con “hacerse pequeño”, políticas de cuidado con sumisión, y el disfrute de la vida con falta de estrategia. (¡Ay no! Dios mío… ¡con falta de ambición! Ay no, ay no).
¡A mí me criaron artistas, científicos, anarquistas, apasionados!
A mí me enseñaron a ser comunista, socialista, anarquista, feminista, idealista.
A mí me educaron hacia la compasión, el amor, la generosidad, la comunidad y la congruencia.
Por un lado, tenemos el éxito capitalista: la idea del emprendedor (el entrepreneur, para ser más exactos, porque bien ajusta el anglicismo), del “crecimiento” laboral, del líder estratégico que logró llegar a la meta gracias a su esfuerzo, su ingenio y su perseverancia. Son el típico Steve Jobs, la confiable Michelle Obama. ¡Cuántas veces he escuchado sus nombres como respuesta a la pregunta “¿qué personaje público admiras más, vivo o muerto?”! (y no me preocupa tanto la falta de originalidad como la carga epistemológica que conlleva).
Lo triste de todo ello es dónde se coloca lo admirable: en una superficialidad absurda.
¡Guau! ¡El ídolo capitalista escribió su libro de cómo llegó al éxito!
¡Odas y aplausos para quien empezó como camarero y ahora es gerente del hotel! (esa podría ser nuestra historia… ¿cierto?)
O quien “tuvo una idea” que después se volvió viral “¡y solo necesitó UNA buena idea!” (que, en fin, aquí muy bien podríamos adentrarnos en las apologías del fracaso como camino del éxito, pero no creo que haya necesidad).
¿Pero acaso Steve y Michelle, para alcanzar ese éxito, no debieron correr también la carrera contra otros 8 mil millones de humanos que deseaban (tanto como ellos) llegar a la cima? Son nuestros rivales, todos (aunque con distintos niveles de privilegio, ¡vámonos midiendo!).
No todos caben en la cima, por supuesto.
La cima es solo para el exclusivo grupo de “los exitosos”.
La cima es pequeña: apenas el 1.5% de la población mundial cabe ahí.
Los demás estamos condenados a pelear por un lugar allá arriba.
No nos queda más que leer la biografía de Steve Jobs, la de Michelle Obama, el libro de autoayuda en tendencia (eso sí solemos leer), fijar los ojos en “la meta”, hacer nuestro vision board para decretarnos más flacxs, más ricxs, más populares, más “exitosxs”.
Y frente al espejo repítete todos los días: “Nunca dejes de soñar: todo es posible”. Tal vez tengas que meterle el pie a unx que otrx incautx, jalar una que otra palanca… ¡estrategia!, eso es todo.
Este modelo de “éxito” nos divide en niveles, nos pone a competir entre nosotros. Hay que competir por el primer lugar, por ser el alfa, por la cima, por el título. Pero los seres humanos no vinimos al mundo en competencia, vinimos en tribu. Y la tribu no es posible cuando competimos por un éxito estadísticamente inalcanzable.
El neoliberalismo no es solo una política económica; es, como señala Wendy Brown en Undoing the Demos (2015), una racionalidad que rehace al sujeto como "capital humano" orientado a maximizar su propio rendimiento. Esta reconfiguración subjetiva es profundamente incompatible con las lógicas de reciprocidad y obligación mutua que sostienen la cohesión tribal.
Pierre Bourdieu, en sus ensayos reunidos en Contre-feux (1998), advierte que el neoliberalismo destruye sistemáticamente los "colectivos" (sindicatos, comunidades, familias extendidas, solidaridades locales) al imponer la competencia y la responsabilidad individual como principios organizadores universales. En comunidades tribales esto se traduce en que los jóvenes incorporados al mercado laboral formal comienzan a operar bajo lógicas de acumulación individual que erosionan las obligaciones redistributivas hacia el grupo.
Pero ¡ay de ti si te atreves a decirlo!
Hablarán de tu negatividad, de tu pereza, de tu falta de liderazgo, ¡de tu falta de ambición!
Ambición es lo peor que te puede faltar en el capitalismo. Podrás vivir en la precariedad, sin acceso a la salud, sin educación y sin cultura, pero por Dios, que nunca te falte ambición.
Serías débil. Serías presa. Serías sumisx. ¡Dios no lo quiera!
Y ante todo esto, ¿qué nos queda?
¿Qué tal que el éxito no fuera eso?
¿Qué tal que no hubiera una cima, sino una pradera tan amplia que pudiera contenernos a todxs? Tal vez los ojos no van en la meta sino en el camino.
Tal vez se trata de disfrutar la vida.
Tal vez se trata de trabajar menos y vivir más.
Y no en la tibieza godín del work-life balance, sino en la incendiaria lucha de la muerte al trabajo.
Hablo de pasar la vida haciendo lo que más te gusta, con tu tribu.
Hacer comunidad.
Criar y cuidar en conjunto.
Aprender cosas nuevas.
Construir sin relaciones transaccionales.
Compartir los saberes y los sabores.
Yo quiero ser parte de una cultura que no sacrifique la vida en nombre del “éxito”.
El “éxito”… ¡absurdo!
Recientemente, la “nueva jefa” me dio una calificación muy negativa en mi evaluación anual en mi trabajo, y pocos meses después me despidió con singular crueldad. Su lectura versaba alrededor de que no “tengo lo que se necesita” para el puesto.
Ella necesitaba (cito) una “mujer salvaje”, una “entrepreneur”, una “líder exitosa que tome riesgos” y no dependa de su aprobación. Y, en su opinión, yo soy una mujer sumisa: que ayuda a los demás porque le enseñaron a ser una “niña buena”, que no toma nada para sí misma, que cree que su valía está en cuánto sirve a los demás. Que “se hace pequeña para encajar”.
Absurdo.
El problema es que esta mujer confunde vulnerabilidad con cobardía, “no pisar al otro” con “hacerse pequeño”, políticas de cuidado con sumisión, y el disfrute de la vida con falta de estrategia. (¡Ay no! Dios mío… ¡con falta de ambición! Ay no, ay no).
¡A mí me criaron artistas, científicos, anarquistas, apasionados!
A mí me enseñaron a ser comunista, socialista, anarquista, feminista, idealista.
A mí me educaron hacia la compasión, el amor, la generosidad, la comunidad y la congruencia.
A mí me enseñaron que, aunque el maldito sistema rija el mundo en el que vivo, el sistema no me rige a mí.
YO soy la mujer salvaje.
Y me rehúso a demostrárselo a nadie (y mucho menos a ella).
Y, en fin, todo esto para decir que el “éxito” (lo que sea que eso signifique) viene en múltiples formas. Y si lo que querían era una rata capitalista, es verdad que no encajaba yo en el puesto.
Diría Clarice Lispector: “Yo no quiero ser una mujer razonable. Quiero ser una mujer entera”.
YO soy la mujer salvaje.
Y me rehúso a demostrárselo a nadie (y mucho menos a ella).
Y, en fin, todo esto para decir que el “éxito” (lo que sea que eso signifique) viene en múltiples formas. Y si lo que querían era una rata capitalista, es verdad que no encajaba yo en el puesto.
Diría Clarice Lispector: “Yo no quiero ser una mujer razonable. Quiero ser una mujer entera”.
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